EL MAL TRAGO DE TRES MADRES ALCOHÓLICAS

PEDRO SIMÓN Málaga
16 JUN. 2017 09:17

Ser madre alcohólica es una tortura. Para la mujer y para los hijos. Aquí contamos tres resurrecciones. Y cómo en un centro dirigido por adictos, Lucía, Mila y María han encontrado la terapia que las salva.
El rol materno que les endosa la sociedad quedó pulverizado por su adicción. Esta es la historia de tres supervivientes
Lucía llegó a pedirle al ginecólogo que le adelantara el parto, que le sacara el niño de dentro. Porque no aguantaba más aquella sequía autoimpuesta y quería volver a consumir lo antes posible.Mila entraba por la puerta de casa y se ponía la bata del marido muerto -concede ahora- para sufrir adrede, sentir la pena de la ausencia y así justificar lo que más deseaba en el mundo: abrir otra botella de vodka.María cuenta que le montaba broncas al esposo de modo deliberado, sin venir a cuento, para provocar que su pareja se largara durante unas horas y así poder beber en paz.Las tres son madres. Las tres son alcohólicas. Las tres se levantaron sin recordar nada en sitios que no conocían. Las tres pensaron en quitarse la vida porque se veían como monstruos. Las tres aparecen aquí con la mirada cambiada. Las tres siguen en terapia después de años. Y las tres, finalmente, saben lo que es un hogar con los papeles invertidos: ese momento en que el niño llamaba a la progenitora para saber por qué no volvía a casa y la madre que lo parió colgaba el teléfono, se agarraba a la barra y se pedía otra copa.El Observatorio Español de la Droga y las Toxicomanías cifra en 300.000 las mujeres de entre 15 y 64 años que tienen un consumo de alcohol de riesgo. Estas son tres historias empapadas del mismo.”El estigma de las madres alcohólicas tiene que ver con la cuestión de género, con lo que se espera del rol de una madre y de una mujer”, resume el psicólogo Miguel del Nogal. “Eso genera una vergüenza social, la madre se supone que tiene que ser el sostén de la familia por el hecho de ser mujer. La madre alcohólica rompe esa imagen”.La cita con las tres mujeres tiene lugar en el Instituto Castelao de Málaga, un centro donde su fundador, los terapeutas y los monitores son adictos a sustancias que antes devoraban y que ya no consumen. “Porque el ex alcohólico no existe -dicen-; el alcohólico ha de saber que su enfermedad es para toda la vida”.Lo sabe Mila, que nos dice: “La enfermedad está ahí. Lo que queremos es llevarnos bien con ella”. Mila, que nos cuenta que, antes de venir a la cita, se lo ha comentado a uno de sus hijos: “Le he dicho que iba a venir a contar mi historia y le he preguntado qué le parecía. Él me ha contestado: ‘Orgulloso, mamá, orgulloso'”.Tendrían que haber visto la sonrisa de Milagros cuando lo cuenta.

Mila. Primera copa

Primero fue un cáncer de mama, luego fue la muerte de su esposo alcohólico con 44 años y finalmente, como si fuera un brindis muy cabrón, vino el vodka.”Nada más recuperarme del cáncer que yo estaba sufriendo, mi pareja (que era bebedor) falleció. Entonces, al mes y medio, empecé a beber y a beber. Cuesta abajo. La gente me decía: ‘Pero Mila, ¿cómo bebes así?, si tú ya viste cómo acabó él’. Los alcohólicos terminamos siendo especialistas en autoengaño. Te dices a ti misma: “Ha muerto Manuel, ¿cómo no voy a beber?”. Y entonces llegaba a casa y me ponía la bata suya para sufrir y tener una coartada para emborracharme. La cosa llegó a un punto en que el psicólogo me terminó diciendo: ‘No te lo creerás, pero cada vez que piensas en él es porque tienes ganas de beber'”.Mila tiene medio siglo de vida muy vivida y es madre de dos mellizos de 16 años. Es la única de las tres entrevistadas que no tiene reparos en aparecer en esta página con su nombre verdadero. Es gallega. Lleva tres años y medio sin probar el alcohol. Antes no. Antes era una bayeta que lo absorbía todo. Tirada por el suelo si hacía falta.

Fueron los tiempos en que iba por la mañana a los bares de su barrio con una urgencia temprana. Como la que sospecha que algo pasó la noche anterior pero no recuerda qué. “Les decía a los camareros: ‘¿Os debo algo? ¿Me pasé mucho ayer? Os pido perdón'”.

Una acaba siendo un poco vampiro, dice Mila. No tanto por lo que suponía la noche, sino porque al final el consumo era con las persianas bajadas. Una viuda calva. Un salón a oscuras. Un suelo lleno de botellas con las que te tropezabas. Y unos hijos en la ESO, huérfanos de padre, que llegaban a casa por la tarde con un montón de deberes. “No les atendía. Compraba muy poca comida y la acaba tirando porque no se la cocinaba. Sólo había fiambre y fiambre. Mi hermana veía el panorama y se los llevaba a comer a casa de ella”.

Mila entonces salía, como la que tiene que ir a comprar al súper o la que tiene una lista de tareas muy urgente. “Voy a hacer unas cosas”, decía. Con los mellizos contestando en el papel de padre y de madre: “¿Otra vez, mamá?“.

Y otra vez que iba y no volvía.

Yo como madre me sentía la mierda de las mierdas de las mierdas. Por lo mala que era. Eso es lo más tremendo para nosotras: la culpa”. Hasta que comprendió que había que empezar por darle la vuelta al tema. Literalmente. Así.

“Un día cogí una botella de champán y la vacié en el fregadero. Mientras tiraba el líquido, le dije a Manuel: ‘Te prometo que no vuelvo a beber”. Yo tengo los ojos de mi hijo aquí clavados [se toca la frente con el índice]. Y su respuesta: “Mamá, eso ya me lo dijiste el otro día”.

Segunda Ronda. María

Esta es la historia de una empresaria de éxito, una mujer de familia bien y una madre de tres hijos que estuvo bebiendo de forma hiperbólica entre los 34 y los 52 años. Esto es, hasta ayer: la última borrachera sólo fue hace 16 meses.

María vivía viendo doble y bebiendo triple. “Era una locura. Tenía tres copas servidas en tres sitios diferentes de la casa. Para que si llegaba alguien y me iba, no me faltara lo mío… Una copa en el mueble de los zapatos. Otra en la despensa. Otra en un mueble chino. Si alguien entraba donde yo estaba, me iba a otro cuarto y seguía con la otra copa que tenía allí escondida”.

De aquella adicción le quedaron dos fobias: a los niños (si sus hijos traían amigos a casa ella se tenía que esconder) y a viajar (siempre era más cómodo beber en casa; porque estar fuera era tener que buscarse la vida). Como cuando tenía que ir a Madrid a visitar a sus hijos -que estaban estudiando en la capital- y ella elegía irse a un hotel antes que alojarse en la casa alquilada.

Iba con el bolso vacío a los chinos y cogía botellas de todo. Luego me metía en la habitación a beber.

-¿Como un kit de supervivencia?

-Eso. Esa es la mejor definición. Como un kit de supervivencia.

Lo suyo fue con la ginebra. Y el Martini. Y el champán. La comida le daba igual porque -llegado el momento de sentarse a la mesa- siempre era pensar en lo que venía después.

De tanto tomar, todo acaba invertido.

-Yo tenía el rol de hombre de la casa -cuenta-. Y la Tata [la asistenta] era la que hacía de madre.

-¿Y tu pareja?

-Mi pareja no era nadie.

¿Cuál era entonces el rol de los niños? ¿Dónde encajaban ellos? Los chavales oficiaban de vigilantes y de adultos, de muro de contención y de boya de salvamento. Su madre evoca una escena, lo único que recuerda de una noche en que llegó borracha perdida. La hija mayor, de siete años, en la habitación, preguntándole a su hermano mediano por el estado de la cuestión. “¿Cómo viene mamá? ¿Ha venido muy mal?“.

El caso es que en una familia adinerada se compraba hasta el curativo de la culpabilidad. María lo hacía dándoles todos los caprichos a los hijos. “Yo no les decía nada, les dejaba hacer todo. Y les compensaba con regalos. Las tablets más caras, los mejores móviles, ropa de marca que me pedían… Todo para tratar de amortiguar mi culpa, para que ellos vieran que era una buena madre”.

Son 16 meses sin probarlo. Le preguntamos que si bebería ahora mismo. Asiente. Y dice: “Quiero pasar del no puedo beber al no quiero hacerlo”.

Tercer cubata. Lucía

Hay una imagen iniciática que a Lucía le hizo ver que tenía un problema. La imagen de su hijo de tres años imitándola: el niño con una tarjeta en la mano, cortando el serrín del belén, igual que la madre cuando se preparaba una raya de cocaína. Hay una segunda imagen al límite: es ella hasta arriba de copas en casa, metiendo papelinas en los calcetines. Y hay una tercera crepuscular y definitiva: la madre anclando al niño en la silla de seguridad del coche, con prisas, vamos que no llegamos, para llevárselo con ella a visitar al camello.

Suma 43 años, dos hijos, 15 meses sin consumir ni alcohol ni cocaína y un montón de noches en blanco.

“Empecé en la carrera de Derecho con las anfetaminas y bebiendo. Si no tomaba ya no funcionaba. Luego la cosa continuó en una productora musical: allí había que tomar algo todas las noches. Hasta que me quedé embarazada y dejé de consumir, porque yo siempre he sido muy responsable y he controlado mucho. Ya durante la gestación, el bebé tardaba y tardaba, yo ya pensaba que no salía; le terminé diciendo al ginecólogo que me lo sacara; lo que quería era que naciera para volver al tema”.

Con el primer hijo, la mujer que trabajaba en un despacho de abogados tomaba todas las semanas. Con el segundo lo hacía todos los días.

Al principio podía con todo. Con el trabajo, con la casa y con los hijos. Pero poco a poco te vas volviendo agresiva. Les hablaba fatal. Esa cara de descomposición que se te pone con la cocaína. He llegado a pegarles de forma desproporcionada. Y después darme la vuelta y darle un puñetazo a la pared, quedándome la mano entera morada… La pequeña me decía: ‘Mamá, en el colegio hacen talleres y tú nunca vienes’. ¿Cómo iba a estar yo allí en un taller si cada dos por tres me tenía que ir al baño a meterme algo?”.

Cuenta que son madres que sienten una culpa inflamable. Lucía bebe un trago de agua. No sabe si dentro de un año estará haciendo lo mismo. Apunta un detalle: su marido consume droga “lo normal”.