Un camarero sirviendo unas cervezas en una terraza. JORDI SOTERAS

El consumo excesivo de alcohol es un claro enemigo de la salud que provoca unas 3,3 millones de muertes al año y cumple un papel fundamental en más de 200 enfermedades, como el cáncer, la cirrosis hepática o algunos tipos de demencia, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero no hace falta abusar de la bebida para que los perjuicios sobre el organismo sean patentes, tal y como acaba de demostrar un estudio.

Según sus datos, publicados en la revista científica The British Medical Journal, la ingesta moderada de alcohol afecta negativamente al cerebro. Tanto la estructura como la función cerebral se ven afectadas por el consumo de alcohol, aunque éste no sea excesivo, señala el trabajo.

Los científicos, de la Universidad de Oxford (Reino Unido), llegaron a esta conclusión tras realizar un seguimiento durante 30 años a un grupo de 550 individuos que participaban en un ensayo clínico previo sobre la relación entre el estatus socioeconómico y la salud cardiovascular.

Entre otras pruebas, estos hombres y mujeres, cuya edad media rondaba los 43 años, se sometieron periódicamente a varios tests de medición de su función cerebral y a una resonancia magnética. Tras tener en cuenta distintos factores que podrían haber afectado a los resultados, como la edad, la actividad física o el historial médico, los científicos comprobaron que un consumo elevado de alcohol durante décadas se asociaba con un mayor riesgo de atrofia en el hipocampo, un daño cerebral que se asocia con déficits de memoria y de las capacidades de navegación espacial.

Pero, además, los investigadores también observaron que quienes manifestaban un consumo moderado de alcohol tenían hasta tres veces más posibilidades de sufrir esa alteración cerebral si se comparaban con los individuos abstemios. También se daba en estos consumidores un declive más rápido de la fluidez en el léxico, si bien quienes veían más afectadas sus funciones cerebrales eran los consumidores continuados de un volumen elevado de alcohol.

En su trabajo, los científicos no hallaron pruebas de ningún papel protector ligado a un consumo leve de alcohol, una hipótesis de la que partían. Aunque en sus conclusiones remarcan que se trata de un estudio observacional que no permite sacar conclusiones definitivas, sí indican que el trabajo es lo suficientemente sólido para que el consumo de alcohol se aborde como un importante problema de salud pública cuyo impacto no debe menospreciarse.

“Con la publicación de este estudio, la justificación de un consumo moderado en lo que respecta a la salud cerebral se vuelve complicada”, coinciden los autores de un editorial que acompaña al trabajo en la revista médica.

Para José Manuel Moltó, vocal de la Sociedad Española de Neurología (SEN), los resultados del trabajo “son valiosísimos” pese a las limitaciones importantes que presenta, “como el hecho de que no haya tenido en cuenta el tipo de alcohol consumido ni el patrón de la ingesta”. “Parece claro que las consecuencias de tomar una copa de vino al día no son las mismas que las que conlleva ingerir siete copas en un mismo día. La investigación registró el consumo semanal, sin valorar estos matices, que son importantes”, subraya.

A Moltó no le sorprende que el alcohol, incluso cuando se ingiere en dosis no elevadas, provoque un efecto directo en el cerebro, ya que “sabemos que la toxicidad que ejerce sobre las neuronas es múltiple”. “Es bien conocido que el consumo elevado de alcohol afecta a la memoria, al lenguaje y provoca lesiones en el cuerpo calloso, que es la estructura que básicamente permite la comunicación entre la parte derecha e izquierda del cerebro”, explica.

El alcohol afecta desde el inicio y provoca un daño inmediato que, además, tiene un efecto sumatorio, continúa Moltó, quien advierte que, en general, “los daños que provoca son irreversibles”.